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04/02/2012

 

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UNA VISIÓN DE FUTURO

Hasta ahora sólo se ha tratado de las reservas de la tierra, de las que no podemos vivir siempre. Como se ha dicho anteriormente, los combustibles sólidos se agotarán en el plazo de un par de siglos. Se considera que estos combustibles son un residuo de vida vegetal de cierto período en que las condiciones permitieron su crecimiento con gran profusión en todas partes. Hoy sólo en los bosques tropicales lluviosos se deposita material, pero en cantidades ni remotamente comparables y cuya contribución a las reservas de combustible es de escasa relevancia.

La energía que se requiere para la formación de este material proviene del sol. Las reacciones que la luz produce en las plantas, las llamadas fotosintéticas, les permite producir compuestos orgánicos (cadenas de carbono). Las materias primas de estas reacciones son el agua y el dióxido de carbono. La vida surge a partir de la energía recuperada al romperse de nuevo los compuestos orgánicos, formando otra vez estas sustancias básicas. En estos procesos se transfiere la energía a una escala prodigiosa. Se calcula que solamente la vida vegetal en la superficie de la tierra emplea más de 100 billones de Kwh. de energía al año. Así, la energía total retenida por los seres vivos es ciertamente muchas veces mayor que la demanda de energía del hombre en la época presente. Sin embargo, no es mucho mayor que el valor mínimo de la demanda probable a largo plazo. En cualquier caso, la proporción de energía solar retenida en la fotosíntesis y que el hombre puede recuperar es muy pequeña. Se ha dicho que ya antes de finales del siglo XIX la demanda de energía había sobrepasado el punto en que podía satisfacerse con la combustión de madera, incluso si la forestación se llevase a las cotas más altas imaginables.

La energía, mediante el calentamiento del aire, el mar y la tierra, proporciona la energía necesaria para mantener el movimiento de la atmósfera y los océanos, y para evaporar el agua, que volverá en forma de lluvia. Después de caer en los lugares altos, la lluvia puede hacer funcionar las centrales hidroeléctricas en su retorno al mar. Por ejemplo, en Suiza se satisface de esta forma más de la mitad de la demanda energética. Si bien la contribución global de la energía hidroeléctrica a la producción total es bastante pequeña, hay varias zonas subdesarrolladas (sobre todo en África y América del Sur) que están bien dotadas de fuentes hidroeléctricas potenciales. Incluso en este caso, se ha demostrado que, aun si se desarrollase al máximo, la capacidad mundial para producir energía hidroeléctrica no seria mayor que la demanda total en la actualidad.

No es de esperar tampoco una contribución importante de la energía eólica. Se han hecho amplios estudios sobre posibles emplazamientos para modernos generadores eólicos y se han construido algunos muy grandes. Sin duda son aparatos de gran valor para la generación de electricidad a escala limitada en zonas remotas y, ciertamente, su uso va a extenderse ampliamente. Sin embargo, incluso empleándolos a la escala más amplia imaginable, el suministro energético de los generadores impulsados por el viento no es previsible que sea mayor que el de las centrales hidroeléctricas.

Los generadores situados en las desembocaduras de los ríos pueden emplear tanto la energía del río y como la de las mareas. Son numerosos los estudios sobre las centrales que aprovechan la energía de los mares, habiéndose construido algunas muy grandes, como la presa de Ranee en la costa atlántica noroccidental de Francia, con una capacidad generadora anual de unos 100 millones de kWh. A las mareas se opone el rozamiento que se produce en los lechos de los estuarios y en las playas, lo que tiene el efecto de frenar la rotación de la tierra. La duración del día terrestre se alarga a una velocidad de alrededor de un segundo cada 120.000 años, de donde se puede calcular la energía transformada. Es mucho menor que la demanda energética actual y sólo una fracción de ésta podría aprovecharse, ya que el movimiento de las mareas no es en todas partes suficiente para hacer económicamente atractiva su uso.

Es posible el desarrollo de todos estos métodos que aprovechan las fuentes de energía renovables. Cada una tiene sus propias ventajas e inconvenientes. Este curso, se centrará principalmente en la energía solar. En las zonas altas de la atmósfera, la intensidad de la radiación solar (la cantidad de energía que incide sobre una unidad de superficie) es de 1,3 Kw. por metro cuadrado. Esto es prácticamente igual a la energía de una estufa eléctrica que incide en un área equivalente a la del tablero de una mesa. Mucha de esta energía no llega a alcanzar la superficie de la tierra, si bien hay muchas regiones en que la energía total incidente sobre una superficie horizontal sobrepasa los 2.000 kWh/m2 al año (equivalente a una intensidad media de 0,6 kW/m2 durante nueve horas). Así, una región de 80 km2 recibiría tanta energía como la que utiliza en la actualidad la humanidad y una de 300 km2 podría satisfacer la demanda mucho mayor que se puede producir en el futuro.

A pesar de lo dicho, hay que reconocer que la energía solar es muy difusa para el nivel de la técnica normal. Por ejemplo, incluso para una simple hervidora de agua la transferencia de energía a través de la superficie de calentamiento es de varios cientos de Kw. por metro cuadrado. La baja intensidad de la energía solar es uno de los mayores obstáculos para un aprovechamiento económico, pero, sin duda, si no hubiera aprendido a obtener energía nuclear, la humanidad se habría visto forzada a aprovechar la energía solar en todas sus aplicaciones, ya que es la única fuente de energía lo suficientemente grande como para satisfacer la demanda del hombre.

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