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     20/11/2008

 

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DESARROLLO SOSTENIBLE

La energía solar es una alternativa muy interesante para necesidades locales modestas. Se puede contar con ella siempre que se necesite, con un suministro seguro e inextinguible. No hay que pensar en utilizar áreas de muchos kilómetros cuadrados. Toda la demanda de agua caliente de un hospital se puede satisfacer mediante la energía solar que incide en su cubierta. El tejado de una casa, si actúa como colector de energía, puede suministrar electricidad para un telar o un torno; la cubierta de un granero puede suministrar electricidad a una bomba capaz de regar diez hectáreas de tierra. Una planta potabilizadora de agua marina del tamaño de un estanque puede producir agua suficiente para todo un pueblo. La radio para los programas educativos y los receptores de televisión pueden funcionar con un dispositivo del tamaño de una pizarra; etc. Las posibilidades de las aplicaciones locales son infinitas.

Sin embargo, no hay que dejar de preguntarse que relevancia tiene esto respecto al desarrollo económico de las regiones menos privilegiadas. Su mayor potencial, visto a largo plazo, es la oportunidad que supone de retrasar la transferencia de población de las áreas rurales a las urbanas. Así, abre una perspectiva de un tipo de desarrollo distinto del que supone la urbanización masiva, cuyos males vienen a añadir otra carga espantosa sobre las naciones en desarrollo.

El primer paso es liberar a la gente de una existencia que se desarrolla meramente a un nivel de subsistencia. En Europa esto se produjo de forma gradual, aunque es posible distinguir dos procesos convergentes. En primer lugar, el perfeccionamiento de los sistemas agrícolas ha aumentado enormemente la productividad individual de los que trabajan la tierra, de manera que una proporción cada vez mayor de las rentas se puede dedicar a otro tipo de consumo. En la actualidad, un hombre puede producir suficiente comida para diez. En segundo lugar, las personas que se quedan sin empleo se concentran en pueblos y ciudades donde pueden trabajar en la industria manufacturera. Los productos de esta industria contribuyen a la elevación general de los niveles de vida y muchos de ellos se venden al extranjero. La explotación laboral que en principio acompañó a este proceso ha dado paso a una distribución más equitativa de la riqueza creada. Gradualmente, se ha desarrollado una sociedad en la que una gran proporción de personas pueden dedicarse a actividades socialmente deseables pero económicamente improductivas. Éstas han dotado a las naciones desarrolladas de aquellos factores en que basan su concepto de civilización (buena atención médica para todo el mundo, educación, dotaciones para el tiempo libre, etc.). Estos bienes son característicos de la vida de todos los países desarrollados, sea cual sea la ideología dominante, y parecen estar en las aspiraciones de todas las sociedades.

Estos procesos han provocado una despoblación relativa de las zonas rurales. Por ejemplo, en Inglaterra el número de agricultores y ganaderos ha disminuido a una décima parte en los últimos cien años. La intensidad con que se emprendió la industrialización y la rapidez con que los trabajadores se fueron acumulando en las ciudades durante el siglo XIX produjo mucha miseria y desgracia. Todavía no se han eliminado por completo sus vestigios. Sin embargo, la escala a la que este proceso se está repitiendo en las naciones en desarrollo es mucho mayor ya hoy y las consecuencias son lamentables. En los suburbios de las ciudades se levantan chabolas, a veces con un tercio de su población, construidas con materiales de desecho en cualquier espacio disponible, sin calles, suministro de agua o saneamiento. Los ocupantes son temporeros, analfabetos, enfermos y personas sin empleo. Sin embargo, la población crece por encima de toda esperanza de alojamiento. Hoy en día más de un cuarto de la población mundial vive en zonas urbanas o cerca de ellas.

Las personas viven en estas condiciones porque incluso éstas son mejores que las del campo. Además, la ciudad supone un atractivo de encontrar algo más de trabajo, proximidad a los servicios públicos, contacto con un entorno humano mucho mayor, una sensación de que allí es más probable que sucedan cosas que en otra parte. Es cierto que los recursos disponibles se gastan invariablemente en las zonas urbanas. A no ser que se emprendan unas campañas con este fin, no hay razones para suponer que vaya a disminuir la atracción de la ciudad.

La despoblación rural avanza en algunos lugares tan rápidamente que casi no se producen excedentes de alimento por encima de las necesidades de la familia del agricultor y de sus convecinos. La ruptura de la vida familiar ocasionada por la emigración a las ciudades hace disminuir aún más la estabilidad de la comunidad rural. Éstas y otras razones exigen frenar la emigración de las áreas rurales. Para que esto suceda, en el pueblo ha de haber trabajo y servicios. Sin embargo, la realidad es que la mayoría de los centros de población muy pequeños están incomunicados entre sí. En países grandes con baja densidad de población, resulta económicamente inviable dotarlos de sistemas de carreteras y ferrocarril, redes eléctricas y oleoductos.

Los problemas del desarrollo de las zonas remotas son muchos y relacionados entre sí. Y una de las claves de la solución es la provisión de energía localizada. Pero la generación de electricidad en grandes centrales no tiene utilidad económica, ya que es muy grande el coste del transporte para grandes distancias. La distancia del punto de producción para la que se duplica el coste que ha de pagar el usuario sólo es de 500 Km. en el caso de la electricidad. La producción de electricidad local a partir de combustibles fósiles se ve dificultada por su escasez en muchos países subdesarrollados y por el coste del transporte del combustible. La distancia de duplicación de costes para el carbón es también únicamente de unos cientos de kilómetros.

Por ello, la energía eólica y solar es muy interesante para estos grados de desarrollo. En casi todas partes se pueden encontrar en cantidades utilizables. El tamaño más económico para la generación de electricidad por energía solar no es a gran escala sino a pequeña y puede proveer de la energía necesaria para actividades locales como telares, aserraderos, producción de papel, conservas de alimentos, industria ligera, reparación de vehículos, regadíos, suministro de agua potable, saneamiento, etc. Si los pueblos se pueden revitalizar por sí mismos, estableciendo pequeñas industrias y servicios públicos como los anteriores, se unirán gradualmente en regiones más amplias con mayor oportunidad de avance económico.

En muchos lugares la energía solar incide con una intensidad superior a los 2.000 Kwh. al año por cada metro cuadrado de superficie. Es evidente que estos métodos han de ofrecer ciertos inconvenientes, ya que en caso contrario ya se utilizarían de forma generalizada.

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