La energía solar es
una alternativa muy interesante para necesidades locales modestas. Se puede
contar con ella siempre que se necesite, con un suministro seguro e
inextinguible. No hay que pensar en utilizar áreas de muchos kilómetros
cuadrados. Toda la demanda de agua caliente de un hospital se puede satisfacer
mediante la energía solar que incide en su cubierta. El tejado de una casa, si
actúa como colector de energía, puede suministrar electricidad para un telar o
un torno; la cubierta de un granero puede suministrar electricidad a una bomba
capaz de regar diez hectáreas de tierra. Una planta potabilizadora de agua
marina del tamaño de un estanque puede producir agua suficiente para todo un
pueblo. La radio para los programas educativos y los receptores de televisión
pueden funcionar con un dispositivo del tamaño de una pizarra; etc. Las
posibilidades de las aplicaciones locales son infinitas.
Sin embargo, no hay
que dejar de preguntarse que relevancia tiene esto respecto al desarrollo
económico de las regiones menos privilegiadas. Su mayor potencial, visto a
largo plazo, es la oportunidad que supone de retrasar la transferencia de
población de las áreas rurales a las urbanas. Así, abre una perspectiva de un
tipo de desarrollo distinto del que supone la urbanización masiva, cuyos males
vienen a añadir otra carga espantosa sobre las naciones en desarrollo.
El primer paso es liberar a la gente de una
existencia que se desarrolla meramente a un nivel de subsistencia. En Europa
esto se produjo de forma gradual, aunque es posible distinguir dos procesos
convergentes. En primer lugar, el perfeccionamiento de los sistemas agrícolas
ha aumentado enormemente la productividad individual de los que trabajan la
tierra, de manera que una proporción cada vez mayor de las rentas se puede
dedicar a otro tipo de consumo. En la actualidad, un hombre puede producir
suficiente comida para diez. En segundo lugar, las personas que se quedan sin
empleo se concentran en pueblos y ciudades donde pueden trabajar en la
industria manufacturera. Los productos de esta industria contribuyen a la
elevación general de los niveles de vida y muchos de ellos se venden al
extranjero. La explotación laboral que en principio acompañó a este proceso ha
dado paso a una distribución más equitativa de la riqueza creada. Gradualmente,
se ha desarrollado una sociedad en la que una gran proporción de personas
pueden dedicarse a actividades socialmente deseables pero económicamente
improductivas. Éstas han dotado a las naciones desarrolladas de aquellos
factores en que basan su concepto de civilización (buena atención médica para
todo el mundo, educación, dotaciones para el tiempo libre, etc.). Estos bienes
son característicos de la vida de todos los países desarrollados, sea cual sea
la ideología dominante, y parecen estar en las aspiraciones de todas las
sociedades.
Estos procesos han
provocado una despoblación relativa de las zonas rurales. Por ejemplo, en
Inglaterra el número de agricultores y ganaderos ha disminuido a una décima
parte en los últimos cien años. La intensidad con que se emprendió la
industrialización y la rapidez con que los trabajadores se fueron acumulando en
las ciudades durante el siglo XIX produjo mucha miseria y desgracia. Todavía no
se han eliminado por completo sus vestigios. Sin embargo, la escala a la que
este proceso se está repitiendo en las naciones en desarrollo es mucho mayor ya
hoy y las consecuencias son lamentables. En los suburbios de las ciudades se
levantan chabolas, a veces con un tercio de su población, construidas con
materiales de desecho en cualquier espacio disponible, sin calles, suministro
de agua o saneamiento. Los ocupantes son temporeros, analfabetos, enfermos y
personas sin empleo. Sin embargo, la población crece por encima de toda
esperanza de alojamiento. Hoy en día más de un cuarto de la población mundial
vive en zonas urbanas o cerca de ellas.
Las personas viven en
estas condiciones porque incluso éstas son mejores que las del campo. Además,
la ciudad supone un atractivo de encontrar algo más de trabajo, proximidad a
los servicios públicos, contacto con un entorno humano mucho mayor, una
sensación de que allí es más probable que sucedan cosas que en otra parte. Es
cierto que los recursos disponibles se gastan invariablemente en las zonas
urbanas. A no ser que se emprendan unas campañas con este fin, no hay razones
para suponer que vaya a disminuir la atracción de la ciudad.
La despoblación rural
avanza en algunos lugares tan rápidamente que casi no se producen excedentes de
alimento por encima de las necesidades de la familia del agricultor y de sus
convecinos. La ruptura de la vida familiar ocasionada por la emigración a las
ciudades hace disminuir aún más la estabilidad de la comunidad rural. Éstas y
otras razones exigen frenar la emigración de las áreas rurales. Para que esto
suceda, en el pueblo ha de haber trabajo y servicios. Sin embargo, la realidad es
que la mayoría de los centros de población muy pequeños están incomunicados
entre sí. En países grandes con baja densidad de población, resulta
económicamente inviable dotarlos de sistemas de carreteras y ferrocarril, redes
eléctricas y oleoductos.
Los problemas del
desarrollo de las zonas remotas son muchos y relacionados entre sí. Y una de
las claves de la solución es la provisión de energía localizada. Pero la
generación de electricidad en grandes centrales no tiene utilidad económica, ya
que es muy grande el coste del transporte para grandes distancias. La distancia
del punto de producción para la que se duplica el coste que ha de pagar el
usuario sólo es de 500 Km. en el caso de la electricidad. La producción de
electricidad local a partir de combustibles fósiles se ve dificultada por su
escasez en muchos países subdesarrollados y por el coste del transporte del
combustible. La distancia de duplicación de costes para el carbón es también
únicamente de unos cientos de kilómetros.
Por ello, la energía
eólica y solar es muy interesante para estos grados de desarrollo. En casi
todas partes se pueden encontrar en cantidades utilizables. El tamaño más
económico para la generación de electricidad por energía solar no es a gran
escala sino a pequeña y puede proveer de la energía necesaria para actividades
locales como telares, aserraderos, producción de papel, conservas de alimentos,
industria ligera, reparación de vehículos, regadíos, suministro de agua
potable, saneamiento, etc. Si los pueblos se pueden revitalizar por sí mismos,
estableciendo pequeñas industrias y servicios públicos como los anteriores, se
unirán gradualmente en regiones más amplias con mayor oportunidad de avance
económico.
En muchos lugares la
energía solar incide con una intensidad superior a los 2.000 Kwh. al año por
cada metro cuadrado de superficie. Es evidente que estos métodos han de ofrecer
ciertos inconvenientes, ya que en caso contrario ya
se utilizarían de forma generalizada.